Si se me olvida tu rostro,
la imagen más preciada de mi memoria,
el símbolo recóndito de mi anhelo,
ese bello icono de ti,
el vínculo inmediato a una causa
mejorada de mi historia;
me urge encontrarlo
esparcido en todos los resquicios de mi vida,
me urge rescatarlo
alicatado en todos los instantes del mundo.
Y acudo despavorido a su encuentro
en el remanente del olvido,
en lo lixiviado del recuerdo,
temiendo que si se me olvida
no ser capaz de distinguir esa oquedad que dejas
del resto existente de lo anodino;
temiendo no acordarme
de unas páginas de lo que he sido,
de un capítulo de lo que pude ser,
de un quizás que seguiría siendo,
de una evolución posible
plausible, dulcemente deseable, de mi vida,
que habría elegido,
de una biografía que clama
por ser escenificada.
Porque sé que si se me olvida tu rostro
se me olvida un ángulo de visión
de mi reflejo en el espejo
al que no quiero renunciar dejar de percibirme,
se me olvida una versión de mi vida
que no quiero que perezca fútilmente joven,
una porción del mundo de la que no quiero prescindir,
porque se presentaría inevitable
un nuevo balance que no quiero asumir,
un nuevo escenario que no quiero asimilar.
Ay, el olvido, es ese sano nuevo ejercicio
de equilibrio de la cordura
que supone una traición vergonzante para el corazón.
El olvido, es renunciar a esa posibilidad
a ese algo de ese todo que puede suceder
dolorosa mas trágicamente prescindible,
ante el que me rebelo y evito sentirla alejarse
de mi ser imprescindible amputado
de lo que pudo y puede ser
y (aun) no ha sido.
