¡Cuánta memoria en el olvido!

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Si se me olvida tu rostro,

la imagen más preciada de mi memoria,

el símbolo recóndito de  mi anhelo,

ese bello icono de ti,

el vínculo inmediato a una causa

mejorada de mi historia;

me urge encontrarlo

esparcido en todos los resquicios de mi vida,

me urge rescatarlo

alicatado en todos los instantes del mundo.

Y acudo despavorido a su encuentro

en el remanente del olvido,

en lo lixiviado del recuerdo,

temiendo que si se me olvida

no ser capaz de distinguir esa oquedad que dejas

del resto existente de lo anodino;

temiendo no acordarme

de unas páginas de lo que he sido,

de un capítulo de lo que pude ser,

de un quizás que seguiría siendo,

de una evolución posible

plausible, dulcemente deseable, de mi vida,

que habría elegido,

de una biografía que clama

por ser escenificada.

Porque sé que si se me olvida tu rostro

se me olvida un ángulo de visión

de mi reflejo en el espejo

al que no quiero renunciar dejar de percibirme,

se me olvida una versión de mi vida

que no quiero que perezca fútilmente joven,

una porción del mundo de la que no quiero prescindir,

porque se presentaría inevitable

un nuevo balance que no quiero asumir,

un nuevo escenario que no quiero asimilar.

Ay, el olvido, es ese sano nuevo ejercicio

de equilibrio de la cordura

que supone una traición vergonzante para el corazón.

El olvido, es  renunciar a esa posibilidad

a ese algo de ese todo que puede suceder

dolorosa mas trágicamente prescindible,

ante el que me rebelo y evito sentirla alejarse

de mi ser imprescindible amputado

de lo que pudo y puede ser

y   (aun) no ha sido.

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